A Múnich en busca de la felicidad

Anotó Neymar el tercer gol y pareció acabarse el mundo. Tembló tanto el Camp Nou que pasó prácticamente inadvertido el momento en que Rizzoli señaló el final del partido. El triunfo sobre el Bayern de Múnich, incontestable en números y en sensaciones, abría las puertas a soñar con la que podría ser la cuarta final de la Liga de Campeones para el Barça en los últimos diez años.

Y por si no estaba suficientemente crecido el barcelonismo –no sin falta de razón–, el empate del Valencia en el Bernabéu puso a tiro de piedra el título liguero ante el más que probable desistimiento de un Madrid que, como siempre, fiará el todo o nada de su temporada a la Champions League.

A pocas horas de rendir visita al Bayern, el entorno del Barça (¿existe el entorno?) detecta ya el aroma a victoria tras una temporada donde el único olor que degustó –asados aparte– fue el de la frustración, un hedor generado a partes iguales por la impotencia de los futbolistas, la indiferencia del público y la incapacidad de los técnicos para engrasar una maquinaria que ahora sí parece funcionar.

Todo está muy cerca, es cierto. Apenas a un par de buenos partidos. A 90 minutos de llegar a Berlín si el mejor equipo de aquel país no decide intentar domar a un Barça que, hasta hoy, parece indomable. A un encuentro de plantarse en una final que, con permiso de la vecchia signora, puede disparar tantas alarmas entre los servicios de cardiología de los hospitales como entre la policía berlinesa.

Cerca, muy cerca. Tanto que parece cerrarse el círculo para volver a plantarnos en 2011, cuando el equipo continuaba siendo el sostén de un club socialmente revuelto. Han pasado cuatro años, el Barça vuelve a estar arriba y la institución ha recuperado una calma ficticia gracias a los resultados.

Ojalá se repitan los éxitos. Y ojalá, también, que hayamos aprendido algo de aquella experiencia para que el Barça encuentre, por fin, la felicidad.

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