27 de mayo de 2009

El polvo se ha adueñado de la nada y baña hasta el último rincón de la casa. La luz se hace paso tímidamente, temerosa de lo que pueda encontrar en un lugar que hace demasiado que no ha visitado. Algunas sombras se mueven en la oscuridad, perpetuándose en ella, buscando el anonimato infinito. La vida, al fin y al cabo, no ha terminado de abandonar un hogar que rebosaba de ella mientras crecía. Lo único que ha cambiado son los seres que moran en él, los que se cobijan de las inclemencias de la naturaleza bajo su aún firme techo.

Puedo reconocer las estancias que hay a mi alrededor. Mi madre se encargó de preservarlo todo hasta el final, de mantener el lienzo impecable a pesar de que sus actores fueron abandonando la escena paulatinamente. Primero mi hermana, luego mi padre y, por último, yo. Ella se encargó de que, cuando la visitáramos, todo estuviera exactamente igual, que los recuerdos del pasado ejercieran de anfitriones y nos sacaran a la fuerza una sonrisa, sonrisa que incluso hoy se asoma algo vergonzosa a mi cara.

Soy un cobarde, es así. Cuando mi madre siguió el camino que antes había trazado mi padre me desentendí de lo que hoy vengo a hacer. Creí ser accionista mayoritario del dolor por su pérdida, traté de justificar con excusas por las que habría jurado una ausencia que no tenía perdón. Dejé que mi hermana cargara con un peso insoportable y fracturé irremediablemente con ello la relación con la única persona a la que aún podía llamar familia.

Tengo miedo aún así de lo que vaya a hallar. Me ha costado demasiado convencerme, demasiadas discusiones, más fracturas con facturas inasumibles y semanas sin dormir. Sin embargo, aquí estoy. Me adentro en el comedor, con mi primer bate de béisbol en la mano derecha por si algún animal decide salir del anonimato y con una linterna en la otra. Escucho ruidos cercanos que quiero desoír, siento el polvo aullar de dolor con cada pisada.

Veo la mesita junto al sofá, que encara a una televisión con más culo que pantalla. ¡Y lo poco que nos importaba en esos tiempos! Sobre el mueble, una figura erguida en un ángulo cercano a los 90 grados, impasible a pesar de que el foco amenaza con revelar su identidad. Avanzo despacio y sospecho que yo tengo más miedo que lo que sea que me esté esperando allí. Mis pasos son cada vez más cortos mientras mi guía comienza a revelar la forma rectangular que se halla ante mí.

Es una foto.

Dejo el bate apoyado en el sofá y la cojo con la otra mano. Sólo puedo ver que el marco era, en su momento, de color negro. Ahora, como la imagen, ha sufrido el deterioro del abandono. Intento, con la palma de la mano, revelar su contenido. Ver lo que el polvo trata de ocultar provoca un dolor en mi pecho y noto como las lágrimas golpean con fuerza a la puerta del lagrimal, precipitándose para salir. En cada una de ellas se reparte el dolor que causa la inocencia del presente en las fotografías del pasado.

Es la última en la que salimos todos juntos, los cuatro reunidos. Las memorias de otro tiempo se abalanzan sobre mí, depredadores aprovechándose de una presa herida. Fue antes de la final de la Champions en 2009 que el Barça jugaba ante el United. En realidad, sólo a mi padre y a mí nos gustaba el fútbol. Éramos fanáticos culés. No obstante, los partidos grandes – las finales o los clásicos – eran un ritual familiar. Mi madre se esforzaba en cocinar como si se tratara de Navidad. Mi hermana apartaba por unas horas su discurso sobre lo triste que era ver a veintidós tíos corriendo detrás de un objeto de cuero. Mi padre y yo dejábamos las discusiones de política y nos uníamos ante el enemigo común, aquel que osaba robarnos la Champions, por derecho nuestra.

En esa instantánea veo los nervios de mi padre. Cualquiera habría dicho que eran fruto del inminente partido, pero era otra la razón: esa mañana, mi hermana había tenido una tremenda bronca con él y había desaparecido de casa justo hasta cinco minutos antes del partido. Cuando la escuchó entrar, pude ver en su serio rostro un esbozo de sonrisa. Incluso en la vida hay cosas más importantes que una final de la Champions.

El partido lo ganamos. Sufrimos mucho, sobre todo al principio. Mi padre, sufridor de nacimiento, estuvo durante los primeros diez minutos asegurando que la derrota era inevitable, que si Cristiano marcaría en esa falta, o en la otra acción, que si Rooney rompería nuestra defensa apuntalada con retales. Un punterazo de Eto’o nos puso por delante y creí que no se podría gritar más que en ese momento. Una hora después supe que me había equivocado. Para el final del partido mi voz había sucumbido a mis emociones.

Mientras los nuestros alzaban la orejona, mi padre y yo nos fundimos en un abrazo. Sólo vi llorar a mi padre tres veces: en 1992, 2006 y 2009. El destino evitó que lo pudiera hacer una cuarta vez, al llevárselo a inicios de 2010. Aún lloroso y con el rabillo del ojo, vi como mi hermana se integraba en ese momento, también llorando. Ella, como los nervios de mi padre en la foto, también lloraba por otra razón diferente a la que era fácil deducir.

El día siguiente, todos nos despertamos con una sonrisa imposible de describir. Ese gesto de felicidad se difuminó cuando mi hermana, de apenas 19 años, soltó la bomba en pleno desayuno: se iba a vivir con su novio. Eso trajo de vuelta forzosa la ira de mi padre, que siempre se tomaba unas vacaciones después de los títulos azulgranas. Ella, no obstante, se mantuvo firme en su decisión. Si te vas, no vuelvas, dijo él. Ella respondió cerrando la puerta tras ella.

Mi padre, enfermo de orgullo, nunca se recuperó. Mi madre, esclava de sus silencios, perdió la alegría que caracterizaba cada una de sus acciones. Yo, cobarde, me fui algunos años después. Ofrecí a mi madre venirse a vivir conmigo unos meses, abandonar aquel lugar viciado, una telaraña de recuerdos tóxicos. Ella decidió acabar de apagarse en el mismo lugar que vio nacer su luz. Mi hermana y yo nos esforzábamos en ir a verla periódicamente, aunque las visitas se fueron espaciando, producto tanto de las ajetreadas vidas de dos jóvenes adultos con prometedoras carreras como de lo difícil que era vivir una mentira.

Nuestra última sonrisa quedó, para siempre inmortalizada, en esa foto del 27 de mayo de 2009.

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