1.000 veces perdón, Roger

Lo reconozco. Nunca me has gustado, Roger Fededer. Eres demasiado perfecto para mí. Para alguien que se enamoró de este deporte cuando descubrió en una cancha al ‘Gran Gato’ Mecir, un tipo de aspecto desaliñado, andares desgarbados, físico frágil y talento infinitivo que siempre perdía las finales contra Ivan Lendl.

¿Seguro que te acordarás de él, verdad, Roger? Aunque seguro que tú te fijabas más en el infalible juego de Lendl, esa máquina que fabricaba hielo y tenis a partes iguales y que junto a Jimmy Connors forma contigo el exclusivo club de las 1.000 victorias.

A Lendl (1.071) supongo que, a tus 33 años, aun lo tienes en el punto de mira. Lo de Connors (1.253) ya es otro cantar. Pero da igual, Roger, porque tus 17 títulos de Grand Slams en 25 finales y tus 302 semanas consecutivas sin bajarte del número 1 no los supera nadie.

Las estadísticas están ahí y la plasticidad de tu juego, elegante, grácil, inmaculado, casi de manual de academia, también. Todos los expertos te señalan como el mejor de la historia. Así que, ¿quién soy yo para contradecirlos?

A mí, en cambio, me aburres. No hay capacidad de sorpresa en lo que haces. Cada vez que te echas encima de la bola y el escorzo de tu cuerpo dibuja una trayectoria, uno adivina adónde esa bola irá: a ese punto exacto que tú has imaginado desde la pista y yo desde la grada o el sofá.

Ni siquiera cuando has sufrido te he visto sufrir. Y aun así, cada vez que zapeo por los canales de deportes y te encuentro ahí, no puedo evitar pararme frente al televisor, cinco, diez, quince minutos, para verte hacer lo que haces. Entonces, no pienso en que naciste para jugar a tenis, sino que el tenis se inventó para ti.

Si hubieras sido un artista del siglo XVII, seguramente habrías pintado Las Meninas, pero lo siento, Roger, aun reconociendo que Velázquez ha sido uno de los mejores de la historia, a mí siempre me ha hipnotizado el delirio surrealista de Dalí o el genio atormentado de Van Gogh.

Yo prefiero la agonía de Nadal o el histrionismo de Djokovic. Y aun así tengo que pedirte perdón. Perdón, porque en 2013 te di por muerto y el año pasado resucitaste como resucitan los grandes campeones. Hasta el punto que al propio Nole le temblaron las piernas cuando sintió tu aliento en el cogote y vio amenazado, hasta el último día, su hegemonía en el ránking mundial.

Te pido 1.000 veces disculpas por no valorarte lo suficiente. Por no apreciar como se merecen esos 1.000 triunfos, tus 83 títulos de la ATP, tus dos medallas olímpicas y tu reciente victoria en la Copa Davis, el único trofeo que se resistía para convertirte, sin duda, en el más grande. Pero es que lo haces todo tan fácil, Roger, que parece que no te costase.

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